Vamos perdiendo
Dejemos de engañarnos: la única opción que tiene la izquierda de volver a ser una herramienta de cambio pasa por radicalizarse y reordenar sus objetivos.
I.
El mundo entero está en guerra. Todo el mundo, cada centímetro cuadrado de él. Es una misma guerra, una única guerra, que tiene diferentes disfraces dependiendo del territorio en el que te encuentres. Si tienes suerte, la guerra que se está librando donde tú estás no trae consigo bombas ni explosiones ni cuerpos desmembrados de niñas saltando por los aires. Pero muere gente: muere gente de adicciones inducidas por un sistema que asegura combatir las adicciones; muere gente desesperada tras saltar por los balcones de las casas de las que le van a desahuciar; muere gente por enfermedades que se habían erradicado años atrás; mueren chavales queriendo adaptarse a un canon de belleza diseñado por sociópatas a miles de kilómetros de su teléfono móvil; muere gente cruzando una frontera; muere gente por no poder pagar un seguro médico; muere gente intentando escapar de un incendio evitable. En la otra cara de la guerra ya sabemos lo que pasa: destrucción, genocidios, centenares de miles de desplazados, pobreza extrema, sometimiento, dictaduras financiadas por los que dicen odiar las dictaduras, el rollo de siempre. Es irónico que tengamos que estar agradecidos por nacer en el lado bueno de la guerra: el que todavía nos permite escribir cuatro párrafos en Substack con el corazón encogido y pensar que con ello estamos haciendo la revolución. Somos una lacra y, además, vamos perdiendo. Lo único que nos permite seguir adelante es la capacidad que tenemos para olvidar y cierto nivel de bienestar.
II.
Tengo edad suficiente (48 recién cumplidos, apiádate de mí) como para identificar con precisión el momento en el que el discurso de la izquierda española abandonó las posiciones materialistas a las que se les había cogido una manía incomprensible, como si se hubieran quedado obsoletas de no usarlas, para abrazar el discurso identitario y cultural, huyendo del conflicto social que exige militancia, movilización y enfrentamiento, producto de la creciente desactivación del descontento por parte de una sociedad que en 1992 se celebró a sí misma con eventos globales que la situaron en el mapa para siempre: las Olimpiadas de Barcelona, la Expo Mundial de Sevilla y la celebración del (bochornoso) Quinto Centenario del descubrimiento de América. No sé ni por qué demonios lo escribo en mayúsculas. España iba bien, el PSOE de González y el PP de Aznar eran más o menos la misma cosa y, en el mainstream, únicamente Anguita y los nacionalistas se atrevían a introducir algunas notas disonantes en una melodía escrita y producida para satisfacer las peticiones de la Unión Europea. Si España demostraba ser dócil, Europa sería generosa con ella. Nos portamos bien y nos dieron la chuchería en forma de miles de millones de euros a través de planes de nombres enrevesados que, cómo no, dejaban un hueco –a veces grande, a veces muy grande– para la corrupción política y económica, perfectamente organizada e institucionalizada, aunque los aspavientos de los de siempre pretendieran indicar lo contrario. El abandono del materialismo clásico para la absorción de posturas post-modernas más centradas en lo identitario y en la batalla cultural (que no es un caso exclusivo de nuestro país sino una tendencia iniciada a partir de la caída del Muro de Berlín y el hundimiento de la Unión Soviética) ha llevado a la izquierda española a volverse inane. Nancy Fraser intentó sujetar a una sin soltar la otra, pero acabó perdiendo los dos brazos. Podemos fue el último calambre que pudo quebrar esa tendencia, pero la caza de brujas interna y externa que se vivió acabaron convirtiendo el proyecto en una especie de Terra Mítica con la mitad de las atracciones cerradas por reforma y al que nadie quiere ir ni con entradas de Groupon. Ahora tenemos a todo un exvicepresidente del Gobierno convertido en youtuber, a un ideólogo aliade feminista sentado en el banquillo por agresión sexual y a un montón de gente desencantada, peleándose entre ellos en Twitter para ver quién de todos es el más puro, el verdadero The Izquierdest. Puedes asistir al espectáculo diario. Es gratis, qué esperabas.
III.
Entretanto, algo pasó con la derecha –que para mí siempre fue extrema en este país porque siempre se han negado a aplicar lo de verdad, justicia y reparación a las víctimas del franquismo, es decir, siempre han abrazado la dictadura como el origen de su propia existencia sin que hayan sido reprobados por ello, ya no digo juzgados y sentenciados– que ha acelerado esta debacle: que se han dado cuenta que saltarse las reglas es gratis. Que esto que llamamos sistema jurídico garantista con la voz muy engolada es, en el fondo y en la forma, una pantomima. ¿Y cómo así? Porque (no te lo vas a creer) los jueces han resultado tener ideología y ésta es de derechas. Ovación cerrada. En un alarde de cojonazos ibéricos han sido capaces incluso de organizar una huelga. ¡Jueces en huelga! ¿Cómo te quedas? La Justicia, esa que es ciega, levantándose el pañuelo y guiñando un ojo al PP. Un desfase.
Decía que la derecha empezó metiendo el pie en el agua del sudapollismo a ver qué pasaba y resulta que no pasaba nada. Así que, a la segunda, ya estaban con el agua por la cadera. Cuando la izquierda se ha querido dar cuenta, la derecha está organizando cursos de buceo en el océano de Me Importa Una Mierda, donde fondean los yates de los venezolanos comprando Madrid en cash, de defraudadores confesos, de organizaciones parapoliciales que sacan a la peña de sus casas a base de amenazas sin que un solo juez sea capaz de decir “un segundo, señores, ¿esto de qué va?”, de asesores que tumban al Fiscal General del Estado, de Borbones que se piran a países enemigos de la democracia para no enfrentarse a sus obligaciones tributarias y de ex-ministros de Economía que hacía leyes a medida de empresas que antes habían pasado por caja. Les suda por completo la polla porque no pasa nada. Nada. Tienen un plan y lo están ejecutando con los mejores aliados posibles: los medios de comunicación para colocar sus discursos negacionistas y racistas, la judicatura, la Iglesia y los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado. Los identificarás por su pulserita de la bandera. Se reconocen por ahí y se sonríen. ¿Cómo es posible que Santiago Abascal que, según su propia gente, se embolsa cientos de miles de euros al año que pertenecen al partido –es decir: dinero que debería tributar y que, en muchos casos, sale de las arcas públicas– no esté ni investigado? Te contesto yo: porque si vas con una bandera de España como capa tienes el superpoder de la inmunidad. Y también de la impunidad, por qué no.
IV.
¿Y qué pasa con la izquierda? Que sigue intentando jugar a un juego cuyas reglas son sistemáticamente violadas por el equipo contrario. No me malinterpretes, es encomiable que haya gente que quiera ganar sin transgredir la ley, pero es que pasa una cosa: que vamos perdiendo y que la única manera de empatar es empezar a pisar las líneas rojas, ensanchar el terreno de juego lo más posible, plantar cara incluso sabiendo que te la van a partir. Lo sé, lo sé; decir esto desde mi cómodo escritorio de Hamburgo es de un cinismo inaceptable, pero hay que empezar por algún sitio. ¿Cuál es el riesgo? Recuerdo todavía ese eslogan tan coreable de ‘El miedo va a cambiar de bando’. Nunca cambió. No pasó nada. Ni los rozamos. Es el mercado, amigo. Es el sistema. Está todo ahí, bien organizado para que no funcione la protesta. De modo que si no funciona la protesta, ¿qué nos queda? Por favor, no me digas que nos queda Rufián. Por favor, seamos serios, va.
Quizás tengamos que levantar la mirada y empezar a intentar replicar las experiencias que están funcionando. En Nueva York, la zona cero del turbocapitalismo más nauseabundo, hay un alcalde que es más de izquierdas que el grifo del agua caliente. Es una llamada de atención: su discurso es 75% materialismo y 25% guerra cultural. Intentémoslo. Empecemos por algo, aunque la tradición política norteamericana se parezca a la española lo que un huevo a una castaña, al menos tenemos una hoja de ruta en la que fijarnos, unos métodos que funcionan y una esperanza. Un hilo de vida. Es verdad que hay que encontrar a alguien con un carisma similar y eso no es tarea fácil, pero no puede ser que no haya nadie en el filial que no despunte. En paralelo, y mira que me molesta utilizar una expresión utilizada por Juan Carlos Monedero, tenemos que empezar a desobedecer. No hay otro camino que la desobediencia contra quien no cumple las leyes y contra normas modeladas para que únicamente las cumplamos las y los de siempre. No queda otra opción que la del anticapitalismo y el itnernacionalismo. Si la izquierda es liberal, entonces no es izquierda.
V.
Es larga, pero merece mucho la pena escuchar a Miguel Urbán explicar cómo funciona España y Europa porque, a diferencia de yours truly, él lo ha vivido en primera persona.





vamos perdiendo, y por goleada... Y lo jodido es que en vez de enfadarme y rebelarme, tengo la sensación de hundirme más en mi amargura, para, de alguna manera, recompensar esa sensación de moral elevada de sofá que me deja ser parte del sistema, y así, y dormir mejor...