Un puzzle para el futuro
Desde hace ocho años dejo mensajes a mis hijas dentro de los discos que escucho, con la esperanza de que, llegado el día, los utilicen como prueba del espacio inconmensurable que ocuparon en mi vida.
Empezó como una plegaria, no sé muy bien a quién o por quién, y se ha acabado convirtiendo en un hábito íntimo y salvaje. Un nuevo nivel de desnudez, quizás el más difícil, porque las dos personas a las que van dirigidos estos telegramas de mi puño y letra son las dos únicas personas que, por la propia naturaleza del asunto, habrán de rebelarse contra mí cuando llegue el momento. No hago esto para alejar esa tormenta, sino con la intención de construir los faros por los que tendrán que guiar su embarcación cuando no haya nadie más que ellas y las olas.
Sin calendario, sin un tema común, sin método, un día decidí empezar a escribirle mensajes a Aurora, que fue la que llegó antes. Sé que algunas madres y padres abren una cuenta de correo con el nombre del bebé y van enviando allí mensajes, quizás guiados por el mismo impulso que sentí yo, pero siempre me he sentido ajeno a ese nivel de sofisticación. ¿Qué hay más impersonal que un email que únicamente puedes leer a través de en una pantalla? ¿Cómo garantizas la autoría de esas líneas en un mundo en el que hemos empezado a naturalizar el uso de la IA hasta para realizar las tareas más básicas?
Yo, que no sé hacer nada sin exponerme de forma irresponsable y sin ir a la contra, pensé en escribir cuadernos. Pero, con frecuencia, los cuadernos se extravían, se mojan, se olvidan. Pensé entonces en la primera página de los libros, pero los libros se prestan y nunca vuelven. Además, ¿querrán mis hijas algún día abrir uno de los libros que descansan en las estanterías? No recuerdo qué me llevó a elegir finalmente mis discos, pero supongo que me dejé guiar por la política del último recurso o la del recurso más fácil. Nunca presto discos, forman parte de quién soy y no tiene pinta de que me vaya a deshacer de ellos.
Poco a poco, empecé este diario como un puzzle que ellas tendrán que ordenar. Con sinceridad, no tengo ni idea de cuál fue el primer disco donde empecé a dejar estas notas adhesivas, y tampoco sé cuántas llevo. Como en casa siempre están entrando nuevos discos y no escribo todos los días, siempre habrá muchos más sin mensaje que con mensaje. Estas fotos son una muestra. No hay más contexto que el lugar y la fecha. A veces se menciona la casa donde fueron escritas (ya hay de tres casas diferentes), pero no mucho más. Últimamente he dado con una fórmula de despedida que me parece muy tierna: Nos queremos. Esto es, primero, verdad; y también sirve de prueba incontestable de algo que estamos viviendo en el presente. Intentaré que siempre nos queramos en presente y que nunca tenga que escribir nos queríamos.
A veces me pregunto por qué lo hago y, con frecuencia, llego a la misma conclusión: que lo hago más por mí que por ellas. Que necesito dárselo todo, no dejarme nada, que no caminen ni un metro del mundo sin el absoluto convencimiento de que, por encima de todo, sus vidas atravesaron la mía y la hicieron mejor. Mil veces mejor. Mil millones de veces mejor.
Hoy por la mañana puse un disco de Dexter Gordon sin saber que ahí dentro había una de estas notas. Ahora ya lo sabes tú también.








Precioso ejercicio de añoranza futura 🤍
Jo, Pepo. Esta historia te la había leído/escuchado ya en algún otro momento o sitio, pero sigue convirtiéndose en mi historia favorita del día. Qué suerte tenéis de teneros.