Nos han hecho creer que lo podemos tener todo, que podemos saberlo todo de todas las cosas que existen y que nuestra obligación como consumidorxs contemporánexs es estar a la última para, en el mejor de los casos, comentar un triste post en redes de alguien que te cae regular para demostrar a lxs incautxs que todavía despliegan la pestaña de comentarios que tú eres un chico listo, que a ti no te la cuelan (nótese que utilizo el masculino porque en el 99% de las ocasiones somos los tíos los que nos creemos más listos que el resto de la humanidad; hay tantos ejemplos que me falta vida para señalarlos). Tú has venido a ser un ejemplo, a impartir justicia en el ratito del trabajo que te vas al baño y te llevas el móvil, no vaya a ser que te vean con él entre las manos y te metas en un problema.
No sé si es cierta esta historia, pero “se non è vero, è ben trovato”: Una noche, el genial saxofonista de jazz Julian “Cannonball” Adderley, trató de explicar a Miles Davis —líder del mítico sexteto en el que también se graduó John Coltrane antes de despegar hacia alturas desconocidas— por qué su solo había durado más de lo que habían acordado previamente: “Señor, yo cuando me pongo a tocar el saxofón, una fuerza desconocida me posee y hace que toque sin parar, perdiendo la noción del tiempo”. Davis, con esa mirada de perdonavidas que le hizo ser temido por la mayoría de la escena, inclinó su cabeza hacia Adderley y, sin dejar de mirarle a los ojos, le replicó: “Entiendo, chico; la próxima vez que eso te ocurra, simplemente sepárate el saxo de la boca”.
De izquierda a derecha: Bill Evans, Miles Davis, Cannonball Adderley y John Coltrane
en las sesiones de grabación del disco Kind of Blue, en 1959.
La narrativa capitalista se ha desbordado y avanza ladera abajo como la riada de Nepal (bastante jevis los vídeos que he visto por ahí) y lo arrasa con todo, alimentada por el aceleracionismo de los algoritmos, la IA, las granjas de bots, lxs influencers dopados y su puta madre. El escenario es tan patético como catastrófico, pero no debemos olvidar que es nuestro consumo el que les hace poderosos: que si no hacemos click, si no vemos ese vídeo, si no comentamos, si no damos like, no son nadie. Nadie, de verdad. De modo que, ante el activismo de chichinabo al que nos hemos acostumbrado, ese que utiliza sus perfiles personales para martillear a sus seguidores con un virtue signaling que entumecería de vergüenza al mismísimo Alán Barroso, existe una estrategia más silenciosa, menos exhibicionista, pero muchísimo más efectiva: no participar del circo. Es verdad que esta terapia de choque lleva su tiempo y que tenemos que desaprender dinámicas a las que hemos estado sometidxs durante los últimos veinte años, pero no hay otra manera de atacar al poder que no comprar su mercancía.
El auge de la ultraderecha, la burbuja de lxs influencers, las plataformas de streaming que han hecho saltar por los aires el reparto justo de royalties entre lxs artistas, las fake news, el negacionismo, los antivacunas… Nada de esto existiría tal y como lo conocemos si tuviéramos clara nuestra responsabilidad con el teléfono entre las manos. Igual que en la alta cocina la diferencia entre el mejor plato y uno mediocre depende de un grado, un gramo o un segundo, en la era de las redes sociales todo depende de un comentario, un like o un click.
Nos han hecho creer que no hay maneras de navegar por el universo digital, pero claro que las hay: hay maneras de escuchar música sin pasar por las plataformas, hay maneras de enterarse de lo que pasa en el mundo sin entrar en redes sociales, hay formas de estar conectadxs sin convertirse en creadorxs de contenido, hay formas de leer un libro sin utilizar una pantalla, hay maneras de comunicarse sin mandar mensajes de texto. No requiere más esfuerzo, sino un reseteo personal para que el caos que promete acabar con todo, no pase por nosotrxs. Por supuesto, esta propuesta no es infalible, pero hay que intentarla. Si a Dani Esteve o a Ayuso sólo le escucharan los suyos, su poder se vería reducido a la mitad y, por tanto, el espacio que ganaríamos para colocar un discurso más ajustado con la realidad, más progresista, más humano, más internacionalista, tendría el poder transformador que nos está faltando desde hace años para poder seguir viviendo con un mínimo de esperanza.
I’m not playing with you
I’m not playing with you
I’m not playing with you, yeah, you
But you can still come around
In fact I invite you down
Maybe together
We can wipe that smile off your face
‘Cause what a difference
What a difference
What a difference
A little difference would make
We’ll draw a blueprint
It must be easy
It’s just a matter
Of knowing when to say no or yes
Frustrating, frustrating
Always waiting for the bigger axe to fall
A patient game I can’t find my way to play
Find my way to play
Not knowing
Never mind what’s been selling
It’s what you’re buying
And receiving undefiled
Never mind
Never mind
Never mind
Not knowing to play
Never mind
Never mind
Never mind
Lost the way






Me ha dejado muy pensativa y con las contradicciones a flor de piel. Pensando cómo pasar a la acción. Gracias, como siempre!
Ole!