La suerte
Seré breve: en 1985, mi padre perdió un avión destino Bilbo que se estrelló sin dejar supervivientes.
Desconozco la etimología de la palabra suerte, pero me maravilla el chistecito privado con el que nos ameniza muchas veces el lenguaje: sólo tienes que cambiar la m por la s para obtener el sustantivo casi opuesto. No suelo acordarme casi nunca del accidente del vuelo 610 de Iberia del 19 de febrero de 1985, pero hoy Facu Díaz, mientras contaba su incómodo aterrizaje en el aeropuerto de Loiu del viernes pasado, me hizo recordar. Yo tenía seis años y medio. Mi padre siempre viajó mucho por trabajo, tanto dentro como fuera de España y resulta que ese día tenía que ir a Bilbo a algo importante. No sé si fue un atasco milagroso en su trayecto al aeropuerto o algún contratiempo del que quizás ya nadie se acuerde, pero el caso es que cuando llegó a la puerta de embarque le cerraron la puerta en sus narices y tanto él como una azafata de Iberia se quedaron en tierra. Me imagino a mi padre furioso intentando convencer al personal de tierra mientras la otra chica decía, siempre según él: “Madre mía, me van a despedir, ¡me van a despedir!”.
En 1985 las noticias iban a otra velocidad y, al parecer, no fue hasta medio día que familiares y amigos que sabían del viaje de mi padre empezaron a llamar a casa, después de haberlo visto o escuchado en las noticias. Mi madre cuenta que durante horas se vio viuda con tres niños pequeños y que se le vino el mundo encima. Entretanto, mi padre, sin saber todavía la vida extra que le había sido concedida, pudo comprar otro billete para otro vuelo que salía más tarde. Cuando el rumor de lo sucedido llegó a Barajas, llamó a casa para contar lo que había pasado y decir que estaba bien. Y entonces la historia siguió su curso inamovible: mi madre no enviudó, nosotros no crecimos huérfano de padre y nuestras hijas pueden hacer videollamadas casi todas las noches para hablar con él.
A principios de los 90, en el instituto, pasé un par de cursos compartiendo pupitre con un chaval bueno y realmente gracioso que se convirtió en ese amigo que no volví a ver cuando pasamos a la universidad. Se llamaba Juan y me grabó una cinta TDK-D90 clave en mi formación musical: por la cara A lo que cabía del London Calling de The Clash y por la cara B el primer disco de Siniestro Total. El otro día la vi por casa. Un día nos preguntaron en clase que cuál fue el momento más importante de nuestra vida. Yo dije que el día que mi padre perdió el avión a Bilbo donde murieron todos. Juan me miró y dijo sin darse importancia: “El mío fue ese mismo día, pero mi padre no perdió el avión”.
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Muy buen post.
Sin duda recalcando cómo las pequeñas decisiones pueden cambiar sucesos grandes.
Ví en la Tv que se atribuyó el accidente a un atentado de ETA, en cuarto milenio, tenían un librito de esta teoría razonando cada detalle hacia esta teoría.