Este es Riki Blanco
El artista que ha diseñado el cartel de la próxima gira de The Secret Society responde a algunas preguntas y descubre una manera de ver el mundo que es mejor que el propio mundo (sobre todo el de hoy)
Fotografía por Jeosm
El pasado mes de julio tuve que viajar a Madrid con una urgencia desconocida hasta ese momento pero a la que tendré que acostumbrarme porque, según me han dicho, la vida es eso. La operación de mi padre salió bien y esos días Madrid se derretía a mala idea, como si la ciudad quisiera acabar a llamaradas con quienes no han huido todavía de sus garras. Y en esas estaba, entre el hospital y la casa de mis padres (a la que no me une nada porque se mudaron hace pocos años), cuando recibí una invitación para el concierto que Beth Gibbons daba en apenas unas horas en Las Noches del Botánico. Fue mi madre la que me animó a ir, intuyendo que era una buena oportunidad para vaciar un poco la cabeza y pensar un rato en otra cosa que no fueran bolsas llenas de orina con sangre, catéteres y nuevos protocolos de difícil memorización. Fui, me gustó, me encontré con amigas y amigos que no sabían que estaba allí, expliqué esto, lo otro, las cosas, los casos y, cuando me dirigía a la puerta para volver al coche, me paré con un grupo de gente entre los que estaba Riki. Yo no le conocía pero él a mí sí. Siento un mordisco en el corazón cada vez que alguien se acerca y me dice que aprecia mi música. Me dijo que tenía un proyecto, cambiamos los contactos. Volví a casa de mis padres, a muchos kilómetros de allí, y al cabo de un par de días regresé a Hamburgo. Lo que no sabía es la clase de semilla que encerraba esa dirección de email.
Al cabo de las semanas, nos escribimos. Yo, que no tenía ni idea de que ese Riki Blanco (Barcelona, 1978) era el Riki Blanco que publica con frecuencia su trabajo en El País, empecé a investigar más. Y, como siempre pasa, las puertas se fueron abriendo hasta que se desplegó ante mí un mapa con el norte marcado. Nos volvimos a ver en Madrid aprovechando mi viaje al BIME de Bilbao para presentar el libro y llegamos a un acuerdo que no pienso desvelar. Producto de ese trato es el poster de la próxima gira de The Secret Society y Tuya que nos llevará a dar 13 conciertos en 13 días, parando en 11 ciudades españolas.
Cuando surgió la posibilidad de hacer este cartel para la gira, me preguntaste qué tenía en la cabeza y te devolví la pregunta con un (literalmente, porque lo he mirado en el historial de Whatsapp): “¿Cómo te imaginas tú un cartel de una gira de The Secret Society? Podemos partir de ahí y que sea lo que tenga que ser. Lo más increíble que me ha pasado siempre ha escapado a mi control”. ¿Cuál fue el proceso que te llevó a este cartel? ¿En qué pensaste?
Como ilustrador tengo el hábito de partir siempre de un concepto concreto. La libertad —y responsabilidad— que me diste me jodió la vida, por eso lo agradecí muchísimo. El universo de toda la discografía de The Secret Society es tan fractal e inasible que sentía que por ahí me iba a perder, así que volví al nombre: La Sociedad Secreta. Inmediatamente pensé en el universo de la editorial La Felguera, quienes también habían salido en nuestras conversaciones previas, y en todas esas láminas misteriosas del siglo XIX y XX. Ese era el espíritu, pero ahora faltaba el qué. Paralelamente a eso, vi uno de esos dibujos arquitectónicos de una calle llena de líneas de fuga y se me ocurrió un pequeño ejercicio de metalenguaje en el que un personaje interactúa con dichas líneas cortándolas para avanzar libremente.
Pensé en hacer con esa idea una viñeta para El País, pero el formato era demasiado pequeño para que la idea brillase. Mientras escribo esto he levantado la vista y he visto que en la pared de mi comedor está colgada una lámina de mi colega Sean Mackaoui que se llama 'Casa' y es tal que así:
¿Siempre estuvo ahí? Acabo de caer en la cuenta ahora mismo de que es muy probable que, cuando se me ocurrió la idea, en mi memoria caché ya estuviera la idea de Sean. ¿Se me habría ocurrido si no fuera por eso? Sinceramente, no lo sé. Recuerdo claramente el momento exacto en que tuve el chispazo de la idea y en ningún momento lo relacioné. Ahora miro la imagen y, joder, es sospechosamente similar. Qué vergüenza…
También te digo que es muy propio de mí jugar con ese tipo de cosas. Probablemente, cuando Sean me enseñó esa lámina sentí que ese juego retórico era tan cercano como si hubiera salido de mi propia cabeza, o como si fuera a salir. «One million died to make this sound», que decían A Silver Mt. Zion. La creatividad funciona por sedimentación.
Sigamos. Perdón.
Finalmente decidí usar esa idea para el cartel de la gira, ya que respondía a todas las premisas. Empecé a moldear la idea hasta que llegué a la conclusión de que un hombre cortando cables para avanzar rozaba el individualismo neoliberal del «nadie me pone límites».
El título de una de las nuevas canciones de The Secret Society que te pedí «para inspirarme» (era mentira, era pura impaciencia) se llama Contra toda autoridad, y pensé que ese título tan ácrata podía ser el motor conceptual. Como decía Bakunin: «El impulso de destruir es también un impulso creativo». Tenía que tratar de eso, de destruir privilegios y símbolos de poder. En este momento Trump es la cristalización personificada de Babilonia, como dirían los rastas, y su torre dorada de mierda debía ser el edificio.
A partir de ahí todo fue rodado. Realicé la ilustración, le puse un pasamontañas al personaje para luego decidir que mejor a cara descubierta, vestido con una elegancia anacrónica.
Trato de ser lo más honesto posible cuando sigo el curso de un proceso creativo, y esa honestidad me llevó a la decisión de no incluir ningún color, porque no entraba en la naturaleza formal de los planos arquitectónicos. Y eso no me pareció mal porque, de alguna manera, coqueteaba con otra referencia crucial en este proyecto: la estética del fanzine y del DIY.
Finalmente, para la tipografía opté por unas sans serif que se coloca sobre la perspectiva del espacio, rotando sobre sus ejes, como si fueran compuertas que se abren y se cierran.
Nunca he preguntado esto a nadie, creo. ¿Recuerdas cuándo fue la primera vez que escuchaste The Secret Society? ¿Cómo fue? ¿Dónde estabas? ¿Te lo recomendó alguien? ¿Qué imaginabas que ibas a encontrar? ¿Hay alguna canción que tenga un significado especial? Si es el caso, ¿cuál y por qué? ¿Hay alguna canción mía que te haya inspirado para algo que hayas hecho en el pasado?
Me apareció como «artista relacionado» en el ya difunto Spotify. Pensé: «¡Ep!, esto me habla». Me recordó a la música que escuchaba cuando era joven, pero sin artificios, imposturas, aspavientos ni excesos. Esto podría sonar a música AOR, pero nada más lejos de la realidad. Hay veces que las cosas nos gustan por ser ajenas o exóticas, y otras veces por lo contrario, por sentirlas familiares, cercanas, propias. En este caso fue como asomarme a un universo paralelo y verme a mí mismo cantando esos temas. Lo intenté en este plano: traté de hacer una versión de Aquellos que lo quieren todo no merecen nada y, obviamente, me salió un churro. Ahí entendí que el universo no estaba mal repartido del todo y que lo de «artista relacionado» de Spotify no estaba solo relacionado con lo que estaba sonando, sino con mi propio universo. No siempre es aconsejable unir dos puntos con una recta.
Hay un poeta y crítico francés llamado Yves Bonnefoy (que murió hace no mucho, en 2016) que decía que “Todos los poemas son el mismo poema”, en el sentido de que toda poesía intenta decir, una y otra vez, una verdad esencial por vías distintas. Creo que es una manera muy acertada de definir mi carrera artística y no sé si también la tuya. ¿Crees que tu obra y la mía tienen algo en común? ¿Y cuáles serían las diferencias?
Ese es el gran reto para el creador: abrazar la coherencia del hecho de que estamos siempre dándole vueltas a lo mismo y no caer en la repetición, o algo peor: en la sofisticación virtuosa, en enrevesar la cosa para disimularla. También creo que es peligroso ser consciente de cuál es ese poema, de descubrir de qué está hecho tu ingrediente secreto, porque al llegar a esa última pantalla se acaba el juego. Esto tiene mucho que ver con algo que define la naturaleza de todos los deseos: el misterio. Por eso seguimos creando y disfrutando de la creatividad de los demás, para dar con esa respuesta. Por ese motivo no puedo, o no quiero, contestar a tu pregunta, para no tener que desplumar el misterio al nombrarlo.
Sé que no te limitas a la ilustración, a pesar de que entiendo que es tu principal ocupación. También eres poeta, performer, músico. Quizás no sea esta la manera en la que te defines. ¿Podrías contarme un poco todas las cosas que haces, cómo las haces y por qué las haces?
Pequeña apreciación: no me oirás nunca decir que «soy poeta» o «soy músico», por respeto a la gente que se dedica a ello. No hablo de la profesionalización, sino de dedicarle tiempo. Yo soy un intruso que juega a hacer como que hace, pero eso me divierte y sacia mi curiosidad. «Soy curioso», eso sí que puedo decirlo.
Si bien no me interesa hablar del misterio, me parece muy interesante hablar de lenguaje, que es mucho más asible. Todas las disciplinas artísticas parten de las mismas bases, premisas, limitaciones y prestaciones, pero tienen diferentes nombres y se ejecutan de diferentes formas. El resultado se me antoja como un juego maravilloso y, tal vez por eso, no quiero ser músico: porque no quiero que el conocimiento me prive del hallazgo. Yo me aventuro a estas cosas porque siento que una idea me pide una forma concreta para ser expresada con el máximo esplendor. Ya dije que trato de ser honesto con eso, y si hay que hablar sobre una cheerleader a la que nadie abraza pese a estar siempre con los brazos abiertos, pienso que hay que hacerlo en ese idioma, en el de la musicalidad de las cheerleaders, y que hay que decir rah rah rah, porque está inscrito en la propia idea, aunque no se vea. Por ejemplo.
¿Cuál es la cosa que hayas hecho a nivel artístico de la que estés más orgulloso?
Hasta descubrir que hay un 3 % de posibilidades de que la idea no fuera del todo mía: el cartel de gira de The Secret Society.
¿Podrías enumerar ilustradorxs actuales que te gusten mucho y qué es lo que encuentras en ellxs que no esté presente en tu obra?
Hay una lista muy extensa de profesionales de la ilustración a los que admiro, pero no voy a decir nombres porque no soy ningún soplón. Pero, más allá del campo profesional, me apasiona el Art Brut, el primitivismo y similares, precisamente porque adoptan decisiones improbables que están a años luz de mi proceso creativo metódico, racional y previsible. Esa pasión genuina e ingenua la admiro muchísimo.
¿Hay alguna manera de confrontar la afirmación de que “toda obra artística es política”?
Gran debate. Siempre he sentido que no quería cortafuegos en mi imaginación, que quería dejarla correr a sus anchas. Otra cosa bien distinta es la manifestación pública de esas ocurrencias. Con el tiempo aprendí a no decirlas todas, a guardarme las que no iban a sumar ni a aportar, o las que eran ideas dúctiles: fácilmente manipulables y tergiversables. Pero eso ha sido una decisión personal y profesional. Respeto a la gente que, de forma deliberada, no pone cortapisas en su propuesta artística. Te pueden chirriar ciertas cosas puntuales, pero el conjunto es el que explica la obra, y la obra está en una frecuencia distinta. Paralelamente, siento que es una pena no aprovechar ni una sola de las distintas manifestaciones que hacemos para aportar a este mundo de mierda algo de cordura, sentido crítico, amor, desahogo o consuelo.









