13 conciertos contra mí mismo
Han pasado más de dos semanas desde que volví de la última gira de The Secret Society por España y he dejado que se diluya el efecto más inmediato para poder hablar de algunas cosas.
I.
En una realidad donde todo es ficticio, corremos el riesgo de que nuestras vidas acaben secuestradas por una promesa mucho menos espectacular de lo que pensamos: convertirnos en eficaces consumidores. Por este motivo, siento que una de las pocas salidas dignas que nos queda a los que tenemos el privilegio de estar un poco por encima de la línea de la mera supervivencia es anteponer los sentimientos a la economía, las emociones a las tendencias; hacer cosas que nos hagan formar parte de una comunidad, que nos ayuden a ensanchar el mundo que defendemos y que nos acaben convirtiendo en parte del cambio (a mejor, se entiende) en las personas que nos rodean. Podría haber sido cualquier disciplina, pero a mí me tocó la música.
II.
Tengo dos vidas que, de un tiempo a esta parte, juguetean con encontrarse sin lograrlo: por un lado soy un padre de familia separado con un trabajo estable en una ciudad del norte de Europa, lejos del lugar donde crecí y con el que no me llevo demasiado bien en estos momentos. Mis rutinas están marcadas por las actividades de mis hijas y por mis obligaciones como familiar, amigo, trabajador y ciudadano —quizás en este orden—, dentro de un contexto de paz inestable y de mis 47 años de edad. Vivo sin lujos pero sin agobios y disfruto de un presente que es, en realidad, una cuenta atrás hacia los pequeños desastres a los que todo el mundo se enfrenta tarde o temprano: la muerte, el rechazo o la bancarrota. Mis prioridades son ver crecer a mis hijas, morirme antes que ellas, no enfermar y pasar el máximo tiempo posible con las las personas que habitan mi corazón.
Pero hay otro Pepo, mucho más voluble, que siempre está preparado para saltar al campo y convertirse en el héroe del partido. Un Pepo que se acostumbró a vivir en la sombra y al que he menospreciado desde siempre para no enfrentarme a sus demandas, no fuera a ser que se hiciera demasiado grande y acabara por desestabilizar lo que al otro le ha costado tanto conseguir. Ese fantasma, esa presencia constante desde que soy adulto, es el que se ha ido de gira durante 14 días para dar 13 conciertos seguidos por todo el país y con el que, por primera vez, he dialogado sin estridencias.
III.
The Secret Society somos la banda más invisible del mundo pero no hemos dejado de hacer nunca lo que he querido. Esta gira, sin embargo, nacía diferente: era la primera vez desde que empecé a tocar que el alcohol no formaba parte de la ecuación. La primera vez que mi cabeza estaba despejada, sin bruma; la primera en la que no tuve que invertir energía en recuperarme de nada que hubiera hecho la noche anterior, la primera en la que podía concentrarme en interpretar unas letras que siguen siendo el epicentro de mi obra y gracias a las cuales tengo el privilegio de formar parte de la vida de alguna gente. Al margen de las cuestiones evidentes de salud, encarar la vida sin alcohol es una sensación majestuosa. Superado el bache del vino y la cerveza, he tenido que enfrentarme al verdadero Everest de esta nueva etapa: el síndrome de la complacencia excesiva, más conocido como people-pleasing. Y no iba preparado para esa travesía.
IV.
Siento que mis canciones no son suficiente. Siento que siempre tengo que dar más. Siento que debería regalar todos los discos, fanzines y libros que llevamos para vender, que debería dejar de cobrar por las entradas, que debería pagar el alquiler de las salas, el sueldo de lxs trabajadorxs de las barras, de los porteros, de las y los técnicos de sonido, de todo el mundo involucrado. Siento que debería tocar lo que cada persona quiere escuchar cada noche. Siento que tengo que darlo todo y quedarme sin nada. Siento culpa cuando veo que la sala no se ha llenado. Siento que estoy viejo, que soy feo, que nadie está ahí por mí. Necesito saber que David está bien, que Klas está feliz, que tienen su bebida favorita, que el restaurante al que vamos es el mejor al que podemos ir, que el hotel es el mejor al que podemos acceder. Me obligo a ser yo el que más conduzca, el que duerma en la peor cama, el que tenga el peor sitio en el escenario, el que tarde menos en la prueba de sonido, el que más cargue, el que cubra las pérdidas. Siento que tengo que estar pidiendo perdón todo el rato. Siento que tengo que ceder mi parte. Es una cosa extraña porque, además de todo esto, siento que soy el responsable de todo lo que está ocurriendo en ese momento, en ese lugar. Que sin mi decisión de terminar las canciones, dibujar el itinerario, escribir a todo el mundo, cerrar los acuerdos y responder a las preguntas de todas las entrevistas, nada de eso estaría pasando. La cantidad de información, responsabilidad y culpa que almaceno cada vez que me subo a un escenario, construyen un dique que únicamente soy capaz de atravesar cuando cierro los ojos durante unos segundos y canto eso que he ido a cantar. A veces sucede que sostengo la mirada con alguien justo en el momento en el que estoy cantando un verso determinado y entonces, además de las palabras que se escuchan, me gustaría decir: “gracias por estar ahí y perdón por no ser lo mejor que has podido encontrar”. Por eso mi reacción a cualquier halago es de incredulidad. Y sigo adelante porque, total, qué más da. Sólo somos un grupo insignificante en el complejo Sistema General de las Cosas.
V.
Hay un error superlativo que confunde el Hazlo Tú Mismo con el Hazlo A Solas, cuando no tiene nada que ver una cosa con la otra. Para sorpresa de nadie, el precepto principal de The Secret Society siempre ha sido el Do It Yourself, pero siempre he tenido claro que lo que hago es comunitario. Mitad por talento y mitad por suerte, siempre me he rodeado de personas increíbles, algunas de las cuales dejaron de serlo en un momento determinado, pero eso no resta valor al pasado. En esta gira, además de David T. Ginzo y Klas, con los que he viajado más de 5.000 km y con los que he reído, aprendido, discutido y disfrutado, han estado involucradas personas que han puesto su talento y/o sus medios al servicio de una causa difusa pero verdadera, sin las cuales no podría hablar en pasado con esta sensación de incredulidad y gratitud: Bea Produtriz, que se encarga de la comunicación de The Secret Society y Suena Fuerte y cuyo trabajo y honestidad ha sido fundamental para que la gira se diera a conocer; Áitor Nova de Nueva Costa, nuestro hombre en Madrid y Galicia; Riki Blanco, cuyo póster ya cuelga en las paredes de casas que nunca conoceré; mi amiga Lupe Goytre, que puso en mi cuenta corriente un dinero necesario y tranquilizador para hacer frente a todos los gastos por adelantado que implica una gira como esta; Perico, por ser el puerto seguro, por el backline para la gira y por todo lo demás que nunca podré enumerar; Javi Cuesta por su dedicación desinteresada (y también despreocupada, en muchos casos); Manel, Ricky y Meta, que forman parte de mi vida y de la historia de The Secret Society; Dani, Noel, María, Edu y el resto de componentes del colectivo Emisión Tónica de Xixón, que supieron solventar un problema para convertirlo en un éxito inesperado; Aída García, la luz en la oscuridad de cualquier persona, por hacer del Hotel Son de Mar nuestra nueva casa en Asturies; Chosuco, Ganzo y toda la gente de CSA Eureka de Santander, donde prometemos volver siempre; Gotzon, Lon, Gaizka y resto del equipo del Kafe Antzokia de Bilbo, uno de los mejores lugares para tocar en toda Europa, sin duda; Amaia Santana, Laura Eguiluz y resto del equipo de Liburuak por empujar siempre que se puede, por encontrar oportunidades y por hacer que Antineutral, el libro que salió en octubre pasado, siga creciendo; David e Isaac Pedrouzo, los hermanos Derrick de la escena independiente española y dueños y artífices de ese milagro que es el Torgal de Ourense, una de las casas a las que siempre vuelvo; Pablo y Rubi de Maryland, por ser los superhéroes que todo grupo como The Secret Society necesita; Toto de Palmar de Troya y Loop Bar y Gonzalo y Mariajo de Discos Bora Bora en Granada, por darnos la llave de los dos mejores sitios de la ciudad y dejarnos hacer lo que quisiéramos; Rafa y su equipo de Silbato y Microsonidos de Murcia por permitir que The Secret Society tocáramos en Murcia por primera vez desde que existe el grupo (¡al fin!); Chema y Centro Excursionista de Valencia, al que volveremos sin dudarlo; Artur, Pol, Marc y todo el equipo de la Sala VOL de Barcelona, y a Frank Rudow, Laura y Pau de Süma, por ser nuestra familia en Barcelona; Luis, Laura, Miguel Ángel y Juanra de El 21 de Huesca, por tratar a The Secret Society como la banda más importante que existe y por hacer de Huesca un sitio de paso obligado para la música en directo; Esteban I AM DIVE, por su generosidad queriendo compartir con nosotros el último concierto de la gira y porque en los últimos dos años estamos redescubriendo una amistad que estaba ahí y no estábamos aprovechando; Álvaro y Helena del Wurlitzer por decirnos siempre que sí a todo; Bianca y Mohammed Nasser y Anja Knoppers, por cuidar de Aurora y Matilda desde el viernes 13 hasta que aterricé en Hamburgo el domingo 15 de marzo a las 23:00. Nadie lo sabe, pero el jueves 12 estuve a punto de volverme a Alemania y cancelar Barcelona, Huesca y Madrid por un tema tan sencillo como urgente: mis hijas.
A todas ellas y ellos, a nuestras amistades que siempre están y a toda la gente que decidió formar parte de esta gira contra toda autoridad y toda lógica: gracias. No lo olvidaré nunca.
AYUDA. Estoy diseñando un fanzine con fotos, escritos y otros recuerdos de esta gira que, en una pirueta turbocapitalista, venderé a un precio ridículo una vez esté terminado. Si quieres participar manda lo que quieras a: pepo.m@bigaudiomedia.com




Menudo espejo el que has instalado aquí hoy, amigo Pepo. El dr. Jekyll and mr. Hyde de la vida vs. la música (son lo mismo?) era algo para lo que no estaba preparado para un lunes de esos raros.